









La pasamos en las cabañas Luz del Sol... una verdadera belleza. A metros de casa :D
"Nosotros estamos aquí para representar, para recitar partes escritas, aprendidas de memoria. No pretenderán que cada noche uno de nosotros...muera de verdad..." Luigi Pirandello





No había pájaros que cantaran. Tampoco un tránsito desmedido y descontrolado, sino simplemente algún fugaz conductor que, presa de una natural y morbosa curiosidad reducía apenas la velocidad para luego poder ir con el chisme, quién sabe, a cualquier matrona de las que nunca tienen tiempo para nada, pero conocen millones de caras y casas ajenas y no le importa su propia vida, pero eso sí: barre la vereda.
Sólo había un gran puñado de seres humanos que en general, lamentaban mi óbito.
¡Miren esas caras! ¡Hasta podría llorar, si supiese cómo! La congoja ha usurpado sus rostros, les ha quitado aquellas expresiones que me eran familiares, que en este momento me gustaría recordar… Pero allá… Creo que está sonriendo… ¡Gracias a Dios! Sabe lo que siento, sabe que lo veo.
Claro que algunos sólo hacen acto de presencia para cumplir con una obligación social; son de los que piensan que deben malgastar así sus existencias con imposiciones sociales, los que sonríen a todo el mundo mientras alaban cosas que jamás han visto u oído, sin saber apreciar las sutilezas de la vida, o como en este caso, dando pésames como quien reparte volantes de menúes económicos.
¡Pero miren allí! Esa es…sí… Creo que es ella. ¡Hace tanto tiempo que no la veía! Por las lágrimas que surcan sus mejillas debo admitir que quizás aún, después de todo, me siga queriendo. Bueno…¿Cómo iba yo a saberlo? Y ése de allá…
En general han venido todos los que esperaba. No hay magnas ausencias, no hay extraños en demasía.
Mis padres… no dudo ni un segundo de su amor…¡Cuán lejanos pueden volverse aquellos que más cerca están! ¡Cuánto pueden herir los que aman! Yo les advertí que esto pasaría, pero quizá no me creyeron… Quizá no me tomaron en serio. Aún se remueven lozanos en mi memoria esos lejanos días en que terminaba la facultad y mis mentores admitían con orgullo que ya era abogado. Todos, desde el portero hasta mis padres, me felicitaban con más dicha por mi logro personal que yo mismo. Estaba completamente seguro de no haber realizado ninguna proeza, ningún logro personal. En fin, comencé otras carreras, alguna terminé, otras tantas abandoné por cansancio o desinterés. Tiempo después, me casé, tal vez buscando la panacea que no era capaz de encontrar por mis propios medios. Hasta que una mañana reveladora, luego de mirar durante horas el patio de casa, encontré mi vocación y enfoqué mi insulsa vida. Tenía que comunicar el gran cambio a todos mis seres queridos, así que llamé a todos para el evento. Y esperé.
Debería sonreír al evocar el momento. Cuando estuvieron todos reunidos, alcé mi copa y pasé suavemente mi vista por todos los pares de pupilas que se clavaban en mí. Tras ese lapso pertinaz comuniqué con júbilo arrollador:
-Voy a ser pasto.
Claro que fui el único que permaneció con la copa en alto. Mi padre rió estrepitosamente; mi madre se levantó crispada y se fue al baño, creo que a vomitar; mi esposa se levantó, supongo que a ordenar la cocina, y el resto tuvo diferentes reacciones; pero nadie escuchó. Me parece recordar que sólo uno de mis amigos, que ya había tomado de su copa, inquirió un despistado “¿Cómo?”.
-Sí.- repetí para las paredes. –No disfrazarme, ni parecer pasto. Quiero sentir, pensar o lo que sea que hace una brizna de hierba.
De más está decir que reaccionaron como la familia Samsa, luego de que su hijo se transformara en insecto, pero lo mío no era más que vocación. De misma manera en que ellos se distanciaron de mí, yo me alejé de mi vida normal; y si hubiera estado más cuerdo, tal vez hubiera muerto antes.
Me tiraba en el parque, contemplaba el cielo y me mimetizaba con la hierba; y eso en verano era muy agradable, pero llegó el invierno, y se transformó en una ordalía que ponía a prueba mi entereza. A veces hasta llegaba a sentirme como aquellas espiguitas verdes, pero la mayoría de mi tiempo sentía pena de mí mismo. A fuerza de sol, intemperie y estatismo ningún cuerpo humano puede sobrevivir demasiado.
Y eso es lo que pasó. Toda una vida provisoria de deseos inconclusos, coronada por este plomizo día de velatorio. Pero…¡Miren nada más, esos rostros compungidos! Y al que minutos atrás reía, ahora se le han unido algunos más.
Gracias. Me siento un poco menos solo en este camino que hoy emprendo; porque sé que estoy por entender las cosas de otro modo, y tal vez me olvide de todas estas caras; pero tengo la seguridad de seguir incansablemente por el camino correcto, porque mientras veo cómo cae la tierra sobre mi ataúd, me conmueve y regocija mi alma la idea de que en poco tiempo seré simplemente un montón de semillas esperando germinar mansamente bajo el astro rey.

LA INUTILIDAD DE LOS LIBROS
Me escribe un lector:
"Me interesaría muchísimo que Vd. escribiera algunas notas sobre los libros que deberían leer los jóvenes, para que aprendan y se formen un concepto claro, amplio, de la existencia (no exceptuando, claro está, la experiencia propia de la vida)".
NO LE PIDE NADA EL CUERPO...
No le pide nada a usted el cuerpo, querido lector. Pero, ¿en dónde vive? ¿Cree usted acaso, por un minuto, que los libros le enseñarán a formarse "un concepto claro y amplio de la existencia"? Está equivocado, amigo; equivocado hasta decir basta. Lo que hacen los libros es desgraciarlo al hombre, créalo. No conozco un solo hombre feliz que lea. Y tengo amigos de todas las edades. Todos los individuos de existencia más o menos complicada que he conocido habían leído. Leído, desgraciadamente, mucho.
Si hubiera un libro que enseñara, fíjese bien, si hubiera un libro que enseñara a formarse un concepto claro y amplio de la existencia, ese libro estaría en todas las manos, en todas las escuelas, en todas las universidades; no habría hogar que, en estante de honor, no tuviera ese libro que usted pide. ¿Se da cuenta?
No se ha dado usted cuenta todavía de que si la gente lee, es porque espera encontrar la verdad en los libros. Y lo más que puede encontrarse en un libro es la verdad del autor, no la verdad de todos los hombres. Y esa verdad es relativa... esa verdad es tan chiquita... que es necesario leer muchos libros para aprender a despreciarlos.
LOS LIBROS Y LA VERDAD
Calcule usted que en Alemania se publican anualmente más o menos 10.000 libros, que abarcan todos los géneros de la especulación literaria; en París ocurre lo mismo; en Londres, ídem; en Nueva York, igual.
Piense esto:
Si cada libro contuviera una verdad, una sola verdad nueva en la superficie de la tierra, el grado de civilización moral que habrían alcanzado los hombres sería incalculable. ¿No es así? Ahora bien, piense usted que los hombres de esas naciones cultas, Alemania, Inglaterra, Francia, están actualmente discutiendo la reducción de armamentos (no confundir con supresión). Ahora bien, sea un momento sensato usted. ¿Para qué sirve esa cultura de diez mil libros por nación, volcada anualmente sobre la cabeza de los habitantes de esas tierras? ¿Para qué sirve esa cultura, si en el año 1930, después de una guerra catastrófica como la de 1914, se discute un problema que debía causar espanto?
¿Para qué han servido los libros, puede decirme usted? Yo, con toda sinceridad, le declaro que ignoro para qué sirven los libros. Que ignoro para qué sirve la obra de un señor Ricardo Rojas, de un señor Leopoldo Lugones, de un señor Capdevilla, para circunscribirme a este país.
EL ESCRITOR COMO OPERARIO.
Si usted conociera los entretelones de la literatura, se daría cuenta de que el escritor es un señor que tiene el oficio de escribir, como otro de fabricar casas. Nada más. Lo que lo diferencia del fabricante de casas, es que los libros no son tan útiles como las casas, y después... después que el fabricante de casas no es tan vanidoso como el escritor.
En nuestros tiempos, el escritor se cree el centro del mundo. Macanea a gusto. Engaña a la opinión pública, consciente o inconscientemente. No revisa sus opiniones. Cree que lo que escribió es verdad por el hecho de haberlo escrito él. El es el centro del mundo. La gente que hasta experimenta dificultades para escribirle a la familia, cree que la mentalidad del escritor es superior a la de sus semejantes y está equivocada respecto a los libros y respecto a los autores. Todos nosotros, los que escribimos y firmamos, lo hacemos para ganarnos el puchero. Nada más. Y para ganarnos el puchero no vacilamos a veces en afirmar que lo blanco es negro y viceversa. Y, además, hasta a veces nos permitimos el cinismo de reírnos y de creernos genios...
DESORIENTADORES
La mayoría de los que escribimos, lo que hacemos es desorientar a la opinión pública. La gente busca la verdad y nosotros les damos verdades equivocadas. Lo blanco por lo negro. Es doloroso confesarlo, pero es así. Hay que escribir. En Europa los autores tienen su público; a ese público le dan un libro por un año. ¿Usted puede creer, de buena fe, que en un año se escribe un libro que contenga verdades? No, señor. No es posible. Para escribir un libro por año hay que macanear. Dorar la píldora. Llenar páginas de frases.
Es el oficio, "el métier". La gente recibe la mercadería y cree que es materia prima, cuando apenas se trata de una falsificación burda de otras falsificaciones, que también se inspiraron en falsificaciones.
CONCEPTO CLARO
Si usted quiere formarse "un concepto claro" de la existencia, viva.
Piense. Obre. Sea sincero. No se engañe a sí mismo. Analice. Estúdiese. El día que se conozca a usted mismo perfectamente, acuérdese de lo que le digo: en ningún libro va a encontrar nada que lo sorprenda. Todo será viejo para usted. Usted leerá por curiosidad libros y libros y siempre llegará a esa fatal palabra terminal: "Pero sí esto lo había pensado yo, ya". Y ningún libro podrá enseñarle nada.
Salvo los que se han escrito sobre esta última guerra. Esos documentos trágicos vale la pena conocerlos. El resto es papel...
pd: aquí pueden descargarse un poco más.


